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Como cuentista y poeta, Carolina Musa advierte sin esfuerzo las sutilezas semánticas de algunas palabras. No puede desconocer, por ejemplo, que la palabra narración, considerada en su acepción genérica, se contrapone a poesía, porque ambos términos suponen rasgos diferenciales. Tampoco que narración, utilizada para nominar una trama textual que se compone de hechos relacionados por algún tipo de lógica, permite que ambos conceptos se acerquen y contaminen. Estas aproximaciones inquietantes del sentido parecen prevalecer en la escritura de Musa a la hora de tensar su pulso creativo con los problemas que la obsesionan. En la presentación rosarina (hubo una salteña también) de La curva de Ebbinghaus, su último libro de poesía, se autodefinió como un escritora “desgenerada”. Sucede que en el libro hay prosas y versos y tanto unas como otros narran hechos del pasado familiar, experimentados en primera persona o conocidos a través de relatos familiares. Las palabras ritmadas por una suave pero persistente melancolía —que no abandonan los libros de Musa— parecen necesitar de la extensión para construir el efecto que los acontecimientos narrados producen en el sujeto enunciador y en nosotros, sus lectores. Todo es narrable, dijo alguien alguna vez. Desde la preparación deficiente y teatral de un pollo, pasando por un día de campo en familia, hasta el asesinato de un estudiante que desata uno de los hitos de las luchas populares de Rosario, podríamos agregar nosotros. Si lo que define la adscripción genérica de un texto no es su forma textual sino no la fidelidad enunciativa (ética) a su lengua, a la materia de la que está hecha, la diferencia del poema con un cuento y una novela se apoya en su radical intraducibilidad. ¿Qué hay de intraducible en estas historias narradas de Musa? La autora hace suyo ese problema y lo pone en evidencia, paradójicamente, a través de cuestiones propias del arte narrativo: ¿cuándo acabar un historia, cuando alcanzar el final que permita atribuir sentido a héroes y acciones?, ¿quién o quiénes narran esos hechos?, ¿qué punto de vista se adopta para hacerlo?

Hacíamos referencia a la extensión, un término espacial, pero ligado a la duración, una de las formas del tiempo. Lo que no es narrativo es el instante mismo, que se debe describir, aunque algunas experiencias de vanguardia se hayan propuesto narrarlo. Todas las narraciones del libro parecer orbitar con las patas larguísimas y enroscadas de la mentira alrededor de dichos instantes, que inquietan como agujeros negros: “Yo no pude volver de esas palabras”, se dice en “Alejandra Pastrana”. De ahí las operaciones de fractura de la linealidad de las historias (una de las maneras manifiestas de hacerlo es el collage que compone “La pregunta inicial”, el segundo poema del libro), la importancia que cobran los detalles (“conservo todavía esa tara/ de contabilizar nimiedades”) y la repetición, un modo de perturbar la narración, tan frecuente en los textos. Los poemas de Musa juegan a destruir los contextos, sus condiciones de legibilidad. Y allí radica parte de su potencia: socavar el contexto epistémico (el uso del diccionario, de ciertos textos de divulgación psicológica que rozan la autoayuda o citas de políticos con aire aforístico), el contexto científico (la mayor de las ironías que da título al libro, una teoría absurda mediante la cual un filósofo alemán sienta las bases de la psicología experimental, probando lo que el sentido común le dicta a cualquier mortal) o el contexto histórico (el germen del Rosariazo). Un sujeto poético que apela a la autenticidad, que se confiesa (“Jamás lo había contado hasta hoy”), guarda fidelidad a ciertos recuerdos que insisten y que nunca serán totalmente reconstruidos ni probados (“¿quién/ podría asegurar esto o lo contrario?”), porque cuando los contextos se descomponen lo que resta es el azar.


Por Diego Colomba

La curva de Ebbinghaus - Carolina Musa

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Como cuentista y poeta, Carolina Musa advierte sin esfuerzo las sutilezas semánticas de algunas palabras. No puede desconocer, por ejemplo, que la palabra narración, considerada en su acepción genérica, se contrapone a poesía, porque ambos términos suponen rasgos diferenciales. Tampoco que narración, utilizada para nominar una trama textual que se compone de hechos relacionados por algún tipo de lógica, permite que ambos conceptos se acerquen y contaminen. Estas aproximaciones inquietantes del sentido parecen prevalecer en la escritura de Musa a la hora de tensar su pulso creativo con los problemas que la obsesionan. En la presentación rosarina (hubo una salteña también) de La curva de Ebbinghaus, su último libro de poesía, se autodefinió como un escritora “desgenerada”. Sucede que en el libro hay prosas y versos y tanto unas como otros narran hechos del pasado familiar, experimentados en primera persona o conocidos a través de relatos familiares. Las palabras ritmadas por una suave pero persistente melancolía —que no abandonan los libros de Musa— parecen necesitar de la extensión para construir el efecto que los acontecimientos narrados producen en el sujeto enunciador y en nosotros, sus lectores. Todo es narrable, dijo alguien alguna vez. Desde la preparación deficiente y teatral de un pollo, pasando por un día de campo en familia, hasta el asesinato de un estudiante que desata uno de los hitos de las luchas populares de Rosario, podríamos agregar nosotros. Si lo que define la adscripción genérica de un texto no es su forma textual sino no la fidelidad enunciativa (ética) a su lengua, a la materia de la que está hecha, la diferencia del poema con un cuento y una novela se apoya en su radical intraducibilidad. ¿Qué hay de intraducible en estas historias narradas de Musa? La autora hace suyo ese problema y lo pone en evidencia, paradójicamente, a través de cuestiones propias del arte narrativo: ¿cuándo acabar un historia, cuando alcanzar el final que permita atribuir sentido a héroes y acciones?, ¿quién o quiénes narran esos hechos?, ¿qué punto de vista se adopta para hacerlo?

Hacíamos referencia a la extensión, un término espacial, pero ligado a la duración, una de las formas del tiempo. Lo que no es narrativo es el instante mismo, que se debe describir, aunque algunas experiencias de vanguardia se hayan propuesto narrarlo. Todas las narraciones del libro parecer orbitar con las patas larguísimas y enroscadas de la mentira alrededor de dichos instantes, que inquietan como agujeros negros: “Yo no pude volver de esas palabras”, se dice en “Alejandra Pastrana”. De ahí las operaciones de fractura de la linealidad de las historias (una de las maneras manifiestas de hacerlo es el collage que compone “La pregunta inicial”, el segundo poema del libro), la importancia que cobran los detalles (“conservo todavía esa tara/ de contabilizar nimiedades”) y la repetición, un modo de perturbar la narración, tan frecuente en los textos. Los poemas de Musa juegan a destruir los contextos, sus condiciones de legibilidad. Y allí radica parte de su potencia: socavar el contexto epistémico (el uso del diccionario, de ciertos textos de divulgación psicológica que rozan la autoayuda o citas de políticos con aire aforístico), el contexto científico (la mayor de las ironías que da título al libro, una teoría absurda mediante la cual un filósofo alemán sienta las bases de la psicología experimental, probando lo que el sentido común le dicta a cualquier mortal) o el contexto histórico (el germen del Rosariazo). Un sujeto poético que apela a la autenticidad, que se confiesa (“Jamás lo había contado hasta hoy”), guarda fidelidad a ciertos recuerdos que insisten y que nunca serán totalmente reconstruidos ni probados (“¿quién/ podría asegurar esto o lo contrario?”), porque cuando los contextos se descomponen lo que resta es el azar.


Por Diego Colomba

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