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“Los tres corazones” es el libro que Lara Segade imaginó en la intersección

entre un hijo –por nacer, nacido–, una madre que luego de un derrame ya no era la

misma y un gato bautizado Júpiter que estaba, con su último aliento, a punto de

regresar al espacio. Es el libro que cree que no escribió, y sin embargo donde laten

tres, laten cuatro: todos los cuadernos, documentos de drive, mensajes y libros con los

que está hecho Diario de Alaska materializan la lucha por permanecer en un territorio

onírico, con la única ayuda de un poema que pide sin tregua, como un animal

hambriento, ser escrito.

Es el corazón propio el que necesita reconocer sus latidos. Y no hay mejor

modo de buscarse a uno mismo que allá lejos; por qué no en el norte frío e indómito,

en esa tierra salvaje que contiene la quimera del oro pero también una moneda mucho

más valiosa: la ilusión del tiempo.

En ese diálogo entre las ansias del aquí y ahora, la urgencia de los que nos

reclaman y nos anhelan y nos sueñan, y allá lejos donde el tiempo se diluye o

multiplica, los trazos de la escritura de Lara Segade hacen todo lo posible por no ser,

pero qué duda cabe de lo que son: destello, fulguración, belleza.


— José María Brindisi

Diario de Alaska - Lara Segade

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“Los tres corazones” es el libro que Lara Segade imaginó en la intersección

entre un hijo –por nacer, nacido–, una madre que luego de un derrame ya no era la

misma y un gato bautizado Júpiter que estaba, con su último aliento, a punto de

regresar al espacio. Es el libro que cree que no escribió, y sin embargo donde laten

tres, laten cuatro: todos los cuadernos, documentos de drive, mensajes y libros con los

que está hecho Diario de Alaska materializan la lucha por permanecer en un territorio

onírico, con la única ayuda de un poema que pide sin tregua, como un animal

hambriento, ser escrito.

Es el corazón propio el que necesita reconocer sus latidos. Y no hay mejor

modo de buscarse a uno mismo que allá lejos; por qué no en el norte frío e indómito,

en esa tierra salvaje que contiene la quimera del oro pero también una moneda mucho

más valiosa: la ilusión del tiempo.

En ese diálogo entre las ansias del aquí y ahora, la urgencia de los que nos

reclaman y nos anhelan y nos sueñan, y allá lejos donde el tiempo se diluye o

multiplica, los trazos de la escritura de Lara Segade hacen todo lo posible por no ser,

pero qué duda cabe de lo que son: destello, fulguración, belleza.


— José María Brindisi

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