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Núñez se mueve con naturalidad en el realismo, en donde se inscriben la mayoría de los cuentos, y se interesa sobre todo por la exploración de los vínculos amorosos en los momentos de resquebrajamiento. Siete de los doce relatos del libro son relatos de parejas: desde la microscopía de los encuentros fugaces y el tiempo suspendido que se abre luego del sexo hasta las historias de amores cansados de sí mismos que buscan el modo de habitar aun en la desesperanza. La melancolía los atraviesa a todos. Sin embargo, el autor se permite también explorar con soltura, más allá del realismo, las distintas atmósferas y tradiciones del cuento. En “Cacería”, relato de terror que recurre al tópico de la casa embrujada, y en “Abracadabra”, uno de los dos cuentos fantásticos del libro, es el pasado el que regresa y reclama, fantasmático, sus deudas a los vivos. En “Perplejidad del sueño”, el otro relato fantástico, uno de los personajes tiene el don de soñar, en paralelo, los sueños que sueñan aquellos con los que convive: es un texto lleno de referencias literarias explícitas y de juegos metaficcionales. “Cuento de nadas”, quizá el más brutal de todos, ensaya una revisión de los cuentos tradicionales infantiles en la línea que inaugurara Gabriela Cabezón Cámara con Le viste la cara a Dios.


Ninguna de estas modalidades narrativas –ni siquiera el realismo–, sin embargo, acaba convirtiéndose en programa. La imaginación prolífica del escritor rosarino le permite entrar y salir de un género al otro, manteniendo siempre un tono y un humor reconocibles, sin generar otro compromiso con el lector que no sea el que expresa el narrador del cuento que da su nombre al libro. De regreso de un viaje insoportable, se han detenido, él y su novia, a contemplar las sierras desde el borde de un arroyo, alejados de la ruta. El narrador sabe que ese remanso en medio de un fin de relación tormentoso y eterno pronto ha de quebrarse:


Solo es cuestión de empezar para que el orden del caos se cumpla con rigurosidad: una sucesión organizada de piezas que van cayendo en aparente armonía para desbaratarlo todo y revelar, ahí donde había una estructura, toda su anárquica ferocidad.


La frase puede ser leída también como la manifestación de una ars narrativa que guía la lectura del universo de Núñez: el fin del relato –parece decirnos– es, finalmente, correr los velos, hacer caer esas piezas con que lo real se construye y dejar expuesta así su anárquica ferocidad, la feroz belleza que subyace, siempre, detrás de toda experiencia.


Leonardo Berneri, Revista El cocodrilo

La feroz belleza del mundo - Javier Núñez

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Núñez se mueve con naturalidad en el realismo, en donde se inscriben la mayoría de los cuentos, y se interesa sobre todo por la exploración de los vínculos amorosos en los momentos de resquebrajamiento. Siete de los doce relatos del libro son relatos de parejas: desde la microscopía de los encuentros fugaces y el tiempo suspendido que se abre luego del sexo hasta las historias de amores cansados de sí mismos que buscan el modo de habitar aun en la desesperanza. La melancolía los atraviesa a todos. Sin embargo, el autor se permite también explorar con soltura, más allá del realismo, las distintas atmósferas y tradiciones del cuento. En “Cacería”, relato de terror que recurre al tópico de la casa embrujada, y en “Abracadabra”, uno de los dos cuentos fantásticos del libro, es el pasado el que regresa y reclama, fantasmático, sus deudas a los vivos. En “Perplejidad del sueño”, el otro relato fantástico, uno de los personajes tiene el don de soñar, en paralelo, los sueños que sueñan aquellos con los que convive: es un texto lleno de referencias literarias explícitas y de juegos metaficcionales. “Cuento de nadas”, quizá el más brutal de todos, ensaya una revisión de los cuentos tradicionales infantiles en la línea que inaugurara Gabriela Cabezón Cámara con Le viste la cara a Dios.


Ninguna de estas modalidades narrativas –ni siquiera el realismo–, sin embargo, acaba convirtiéndose en programa. La imaginación prolífica del escritor rosarino le permite entrar y salir de un género al otro, manteniendo siempre un tono y un humor reconocibles, sin generar otro compromiso con el lector que no sea el que expresa el narrador del cuento que da su nombre al libro. De regreso de un viaje insoportable, se han detenido, él y su novia, a contemplar las sierras desde el borde de un arroyo, alejados de la ruta. El narrador sabe que ese remanso en medio de un fin de relación tormentoso y eterno pronto ha de quebrarse:


Solo es cuestión de empezar para que el orden del caos se cumpla con rigurosidad: una sucesión organizada de piezas que van cayendo en aparente armonía para desbaratarlo todo y revelar, ahí donde había una estructura, toda su anárquica ferocidad.


La frase puede ser leída también como la manifestación de una ars narrativa que guía la lectura del universo de Núñez: el fin del relato –parece decirnos– es, finalmente, correr los velos, hacer caer esas piezas con que lo real se construye y dejar expuesta así su anárquica ferocidad, la feroz belleza que subyace, siempre, detrás de toda experiencia.


Leonardo Berneri, Revista El cocodrilo

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